Despertarse Sin Saber Dónde
Ignoro exactamente qu hago aqu
Ignoro exactamente qu hago aqu. Por qu estoy en este tren que no s adnde me ha de llevar.
Ha sido un impulso, quizs infantil. Como una evocacin imperiosa de mi infancia perdida. Un presentimiento probablemente intil de que algo podra suceder que me permitiese recuperar lo que nunca tuve. Por eso veo desfilar por la ventanilla, velocsimos, a los postes del tendido elctrico. Me hacen guios como de esperanza. S que es una ilusin ptica, pero me aferro a ella con determinacin, con conviccin, incluso, de que todava puede ocurrir cualquier cosa que cambie mi vida.
Hace slo dos das no poda ni imaginar nada de esto. Lo inici aquella mujer que me esperaba en el rellano de la escalera y que me abord cuando yo iba a entrar en mi apartamento:
Ana? me pregunt, con un punto de vacilacin Ana Miranda?
Asent, con cierta prevencin. Conoca de algo a aquella mujer? Pretendera venderme alguna cosa?
Quiero hablarle de su padre dijo, de golpe.
Repentinamente, se me encogi el estmago.
La dej entrar conmigo en casa. All, realmente no me habl de mi padre, sino de su marido:
Mi esposo se est muriendo hizo una pausa. Cncer.
Era una mujer tranquila, an guapa a pesar de sus sesenta aos? Pareca resignada ante lo inevitable, ante cualquier cosa que le tuviese reservada la vida:
Juan, mi esposo, no hace ms que hablarme ltimamente del padre de usted. Dice que l es el culpable de su desaparicin y que quiere contarle a usted todo.
Prosigui, como el mensajero que tiene bien aprendido su papel y que no quiere que se le olvide lo ms importante en medio de la exposicin:
Encuentra a su hija, me dijo, para que yo hable con ella y pueda morir en paz. No lo conseguir si no cuento a la hija de Manolo Miranda todo lo que yo s, lo que pas aquella noche.
Qu noche? La que desapareci? Qu pas? inquir, con la respiracin alterada y empleando una vehemencia que no prevea cuando la mujer comenz su relato.
Eso debe explicrselo Juan.
Fui con ella a un pabelln deprimente del Hospital Gmez Ulla. Los hay mejores, pero aqul, por el ambiente claustrofbico, por la anticipada presencia letrgica de la muerte, me sobrecogi.
El marido de la mujer abri los ojos al ornos entrar y formul una pregunta a su esposa con la mirada:
S, es ella dijo la mujer.
Sin esperar siquiera a que tomsemos asiento, comenz a hablar. Con dificultad, pero con pasin. Sin detenerse, pese al jadeo creciente que acompaaba a su explicacin:
Nunca me perdonar lo que pas aquel da. Too Muoz, que en paz descanse, y yo fuimos los culpables. Quisimos gastarle una broma a tu padre y jams previmos lo que poda pasar.
Tosi un poco. Esper a que continuase.
l siempre nos deca que le gustara tomar un tren del que ignorase su destino, dormirse nada ms subir a l y despertarse horas despus en un sitio lejano, ignoto, que no supiese cul era. Nos lo contaba siempre. Estaba pesadsimo con esa historia o lo que fuese. Un da y otro da.
Ignoraba eso de mi padre. En realidad nunca supe nada de mi padre salvo que desapareci misteriosamente. De sbito.
La mujer del moribundo iz un poco su espalda y ahuec la almohada, a fin de que estuviese ms cmodo. Juan no saba su apellido continu la rememoracin de lo ocurrido haca treinta aos:
Una noche en que salimos de copas los tres, Too y yo decidimos gastarle una broma a tu padre, a ver si as se le quitaban las ganas de contarnos siempre la misma batallita. T debas tener un ao entonces tena dos, en realidad y estabas con tu madre en casa.
Parece mentira, pero recordaba perfectamente aquella poca: la ausencia de mi padre al da siguiente y la angustia de los das posteriores. Seguramente no me acordaba directamente de todo ello; es imposible con la edad que tena cuando ocurrieron aquellos hechos. Deban tratarse de recuerdos recreados, de reconstruccin de las emociones vividas a raz de las explicaciones de mi madre; pero lo cierto es que lo recordaba todo perfectamente. Juan continuaba hablando:
Lo emborrachamos. Y no veas de qu manera. Cuando ya estaba inconsciente lo metimos en un expreso con destino a Sevilla. No quera despertarse en un tren sin saber dnde estaba? Pues eso hizo un rictus de amargura. Por fin iba a conseguirlo.
Mi padre nunca volvi. Desapareci completamente. Sin dejar rastro. Mi madre, con una angustia infinita, acudi a la polica. No poda aportar ningn dato que sirviese a los investigadores para averiguar el paradero de mi padre. Todo fue intil. Pasaron los aos y no volvimos a saber nada de l. Las autoridades cerraron el caso.
Por qu no nos dijisteis nada a nosotros?, o a la polica? le espet, con indisimulado rencor.
No nos enteramos de su desaparicin hasta varios das despus. Entonces nos entr miedo. Luego, Too me convenci de que si tu padre haba desaparecido es porque as lo haba querido, que habra aprovechado la oportunidad para largarse de casa, para abandonar deliberadamente a su mujer y a su hija.
Me mir con tristeza. Con remordimiento. Sendas lgrimas humedecieron sus pupilas.
No tengo perdn, lo s. Pero he querido contrtelo antes de morirme para hacerlo en paz conmigo mismo, para descargar mi conciencia. S que ahora es intil lo que yo pueda decir, lo que yo pueda hacer, pero le deba esta explicacin a la hija de Manolo y, gracias a mi mujer le apret la mano, con laxitud, sin fuerza, Dios me ha permitido hacerlo.
No poda perdonar a aquel hombre que hace unos minutos ni siquiera conoca. No poda decirle "gracias por su confesin, qu peso me quita usted de encima, me alegro de saber por fin lo que pas hace treinta aos". No, no poda hacerlo.
Lo odiaba.
Slo se me ocurri decir:
O sea, que el tren iba con destino a Sevilla...
Y me fui sin despedirme del moribundo. Sin darle mi bendicin, mi perdn, mi compasin o lo que fuera que l pretendiese exactamente de m.
Eso haba sucedido hace dos das. Ayer, siguiendo un impulso imprevisible, ped permiso en la oficina y saqu un billete en el AVE para el trayecto Madrid-Sevilla. Pens que era lo que hubiese deseado mi madre, de estar an viva. Tantos aos de angustia, tanta tristeza acumulada que la haba llevado a la tumba, lo merecan.
Aqu estoy. En este tren que tampoco s yo adnde me ha de llevar. Viendo pasar metericamente a mi lado los postes de la catenaria. Hace treinta aos mi padre no pudo verlos. Era de noche y l estaba sin sentido, intoxicado por el alcohol. Qu habra pensado cuando se hubo despertado? Por qu no quiso volver? Sera verdad que, en el fondo de su inconsciente, deseaba perdernos de vista a m y a mi madre? Le habra dado tanta vergenza lo ocurrido como para no atreverse a regresar a casa?
Son absurdos estos pensamientos. Tambin el que est yo aqu. Qu espero encontrar en este viaje sin sentido? Han pasado treinta aos. Entonces no exista el AVE y los trenes a vapor tardaban muchsimo ms en este recorrido. Haba infinidad de paradas y pap hace cuntos aos que no pronuncio esta palabra, "pap"? podra haberse bajado en cualquiera de ellas. Podra, incluso, haber muerto.
No son pensamientos particularmente estimulantes. Pero no tengo otros. Tampoco me queda esperanza. Slo la obstinada determinacin de tomar este tren. La ma ha sido una decisin impulsiva, irreflexiva, ms propia de la desesperacin que de la lgica.
He ledo un peridico y he tomado un caf. He mirado por la ventanilla y, sobre todo, he pensado en lo ocurrido en estos ltimos das y en qu pudo suceder en la noche en que desapareci mi padre. Queda poco tiempo hasta la primera parada: Ciudad Real. Par en Ciudad Real aquel fatdico tren que me arrebat a mi padre hace treinta aos? Pap. Recuerdo la ltima vez que le llame as: "pap". Para no llorar me levanto del asiento y paseo un poco. As aireo la congoja, me digo a m misma mientras esbozo un remedo de sonrisa.
El tren aminora la marcha. Ciudad Real. Ya estamos en Ciudad Real. No conozco esta localidad. Jams he estado en ella. Cuando estudiaba en el colegio, jugaba con otra amiga a citar ciudades que no existan, que seguro que eran un invento de los profesores para hacernos estudiar ms, o de los gegrafos, o de las autoridades tursticas del pas. Se trataba de localidades inverosmiles, cuya irrealidad vena certificada porque no conocamos a nadie que las hubiese visitado. En aquella relacin de urbes improbables y fantasiosas figuraban Huesca, Soria y, por encima de todas las dems, Ciudad Real. A alguien se le habra ocurrido bautizar con ese nombre a una ciudad verdaderamente real, existente, material, corprea? Seguramente no.
Pues aqu estoy.
Me he bajado del tren con la misma absurda determinacin con la que sub a l. Con una obstinacin ilgica. Sin saber por qu ni para qu. Afortunadamente, no cargo con equipaje: slo un bolso y un neceser. Puedo hacer lo que quiera: quedarme en la ciudad o volver al convoy antes de que parta de nuevo; pasear por la estacin o visitar la ciudad. Me invade una extraa sensacin de libertad, de irrealidad, incluso. Como un sueo. El sueo de mi padre: despertarse en un tren sin saber dnde ests ni por qu has llegado hasta aqu.
No se me haba ocurrido nunca, claro, pero debo ser igualita que mi padre: soadora, inconsciente, insatisfecha... Estara insatisfecho mi padre con la vida que llevaba, con su trabajo y su familia? Yo s lo estoy. Sola a los 32 aos, con un matrimonio roto y un trabajo de subinspectora de Hacienda tras haberme quemado las pestaas haciendo oposiciones. Menudo chollo de ta!
El tren reemprende su marcha. Ya no hay vuelta atrs. Paseo por la estacin como podra haber hecho otra cosa. No hay nada especial que ver, la verdad sea dicha. Miro a uno y otro lado y me decido a entrar en la cantina. Ahora las llaman cafeteras, pero para m son unas cantinas como las de antes, con el mismo caf con leche malo que, eso s, ahora cobran en euros en vez de en pesetas.
Un caf le digo al hombre que atiende la barra.
Cmo lo quiere?
Da igual contesto, con una desmayada vaguedad que llama la atencin del hombre.
Le pongo un poco de leche? pero la suya no es una pregunta, sino una afirmacin que formula mientras ya est preparando el cortado.
El barman es serio y circunspecto. Fornido, me digo, mientras observo sus espaldas. Al volverse, l me mira de hito en hito mientras su rostro empieza a fabricar una amable sonrisa que queda a medio hacer. Interrumpida. Cortada como por un cuchillo. Contina mirndome intensamente, pero ahora con el ceo fruncido, como si le trajese algn recuerdo que no acaba de atrapar.
Su compaera de barra, una mujer que estaba atendiendo a otro cliente, se ha dado cuenta de la situacin y observa inquieta al hombre. Lo mira y me mira a m. Alternativamente. Su mirada va de uno a otro.
El hombre sigue concentrado en mi contemplacin, con la taza de caf en la mano. Su expresin empieza a ser dolorosa, por el esfuerzo casi fsico de su concentracin mental.
Me siento incmoda. Para cortar lo embarazoso de la situacin, le pregunto:
Cunto le debo?
Pero no me contesta. Contina mirndome con un descaro que en otras circunstancias hubiese sido ofensivo. En esta ocasin, no; slo resulta pattico. La mujer del otro extremo de la barra se acerca a nosotros justo en el instante en que el barman abre la boca:
Marisa?
No ha sido exactamente una pregunta. Ha sonado a medio camino entre la manifestacin y la splica, entre el reconocimiento y la duda, entre la esperanza y el escepticismo.
Yo no me llamo Marisa, claro. Mi nombre es Ana. Marisa se llamaba mi madre. De repente s qu hago aqu. De repente miro a ese hombre desconocido y me emociono. De repente...
Alguien me abanica con una cartulina en la que figura escrito "men del da". Estoy en una silla de la cafetera, donde me atiende la mujer de la barra. El barman, sentado a mi lado, contina mirndome, pero ahora llora.
Qu... qu ha pasado? balbuzco, mientras intento incorporarme.
Nada, hijita, que se ha desmayado dice la mujer. Pero ya pas. Est tranquila. Reljese.
Me relajo. Pero recuerdo. "Marisa", "Marisa"?
Me confundi con mi madre? pregunto al hombre.
S... Supongo... No s... No recuerdo bien.
Pero recuerda. Empieza a hablar a raudales, como el agua embalsada por un dique cuando se abren las compuertas:
Hace aos, no s, muchos aos, conoc a una Marisa. Viva con ella dice, volvindose hacia la mujer que sigue a su lado y al mo. Era mi esposa. Ahora lo s. Fue hace muchos aos. Tena una mujer y una hija. No haba vuelto a acordarme de ellas. Pero la vi a usted y record. S, tena una familia entonces, antes de lo del tren. Porque no recordaba nada de antes de lo del tren.
Vuelve a llorar. No s si por lo que haba olvidado, por haberlo recordado o por qu. Hay una mezcla de autocompasin y de rabia en su recuerdo, algo difcil de definir.
La mujer deja de mirar a su compaero y fija su mirada en m:
Y usted quin es?
Me llamo Ana, Ana Miranda, y estoy en busca de mi padre, que desapareci hace treinta aos digo, con una frialdad y una tranquilidad que a m misma me dejan pasmada.
Y por qu cree que puede encontrarlo aqu...?
Porque debo ser yo la interrumpe el hombre, ya calmado.
T?
Recuerdas cuando me encontraron malherido al borde de la va? Claro, no puedes recordarlo porque t no estabas all. Pero lo sabes perfectamente, porque lo hemos hablado muchas veces. Y sabes tambin que no me acordaba de nada de lo ocurrido antes de que me atendiesen en el hospital y saliese del coma al cabo de dos semanas.
Se calla el hombre, ensimismado en los recuerdos sbitamente recuperados.
Cmo se llama? le pregunto con suavidad.
Ricardo. Ricardo Ciudad. Pero antes me llamaba Manuel, Manuel Miranda.
Mi padre.
Rompo a llorar a mi vez. Sin desespero. Mansamente. Pero de forma continua, silenciosa, sin descanso.
Nadie habla, mientras los minutos tratan de reparar el estropicio moral causado por tantas revelaciones. El hombre, mi padre, reanuda su monlogo:
Ahora me acuerdo que me ca del tren. Estaba tan borracho que no me di cuenta de lo que haca y me ca del tren. Casi me mato. Estaba indocumentado y, entre el coma etlico y las graves lesiones causadas por la cada, nunca volv a acordarme de nada. Amnesia, ya sabe.
Soy su hija le digo, escuetamente. Tu hija rectifico, con un poco ms de dulzura.
Supongo. Eres igual que tu madre contesta, tutendome por primera vez.
Pues ya me diris qu hacemos tercia la mujer, durante un rato muda a nuestro lado.
No lo s dice mi padre. No saba que tena una vida anterior que se me iba a presentar as, de improviso, hacindome acordar de todo.
No es una vida anterior insino, es tu vida. Y yo soy tu hija.
Y tu madre? Qu es de tu madre?
Muri.
Me parece vislumbrar una sensacin de alivio en mi padre. De verdad es eso? Experimentaba algn resquemor profundo respecto a mi madre antes de su desaparicin?
Lo siento dice, antes de que pueda seguir con mis especulaciones. Pero eso simplifica las cosas.
Cmo que las simplifica? Es que no la queras?
Claro que s. La quera mucho, muchsimo. Pero hace ms de treinta aos que ya no era mi esposa. sta es mi esposa dice, sealando a la mujer que, plida, sigue a nuestro lado sin perder ni una slaba de la conversacin.
Coge su mano y la acaricia con afecto:
Paula, realmente, fue quien me volvi a la vida. No s qu hubiese hecho sin ella. Ella es mi mujer. Y ellos dice, rebuscando una cartera en el bolsillo de su camisa y mostrndome las fotos que contiene son mi familia.
La foto pequea es de Paula. En la otra hay seis personas: Paula, mi padre, y cuatro muchachos jvenes, tres chicos y una chica.
Mis hermanos... digo, levantando la vista de las fotos.
No. Nuestros hijos. Los hijos de Paula y mos. Nuestra familia, la familia Ciudad lvarez. Manuel Miranda ya no existe. Supongo que estar legalmente muerto. Muri hace treinta aos.
Pero...
Me he emocionado mucho al verte... Ana? Ana, s. Digo que me ha emocionado nuestro reencuentro, el recuperar de pronto mi pasado, el recordar por un instante que tuve otra vida. Pero he sabido tambin en seguida que esa vida muri con quien era yo hace treinta aos. Ahora tengo una vida distinta, nueva, que no quiero perder por nada del mundo. Lo siento...
Tambin yo lo siento. Por un momento haba querido experimentar amor y gratitud por este desconocido. Gratitud, s, porque no nos abandon a mi madre y a m, porque slo se trat de un accidente. Pero este extrao que apenas se parece a mi padre, al padre que yo recuerdo, tiene otro mundo, otras obligaciones que atender.
Me alegro de que ests vivo y de que no nos abandonaras entonces le digo.
Yo tambin me alegro de haberte conocido, Ana. Ven a vernos cuando quieras a Paula, a los chicos y a m. La familia Ciudad lvarez te recibir con todo el afecto, pero nunca hablar de ese tal Manuel Miranda.
Perfilo una media sonrisa que obliga a mi padre a preguntarme:
Qu piensas?
Que es muy sorprendente eso de subir a un tren ignorando su destino y despertarse luego sin saber dnde ests. Nos ha pasado tanto a ti como a m.
Me levanto, doy un beso a aquel hombre. Se lo doy tambin a su mujer. Y lentamente me voy sin despedirme de ellos.
Despertarse Sin Saber Dnde
por:
Enrique Arias VegaSobre el Autor
Enrique Arias Vega (Bilbao) es un periodista y economista espaol. Diplomado en la Universidad de Stanford, lleva escribiendo casi cuarenta aos. Sus artculos han aparecido en la mayor parte de los diarios espaoles, en la revista italiana \\\"Terzo Mondo\\\" y en el peridico \\\"Noticias del Mundo\\\" de Nueva York. Entre otros cargos, ha sido director de \\\"El Peridico\\\" de Barcelona, \\\"El Adelanto\\\" de Salamanca, y la edicin de \\\"ABC\\\" en la Comunidad Valenciana, as como director general de publicaciones del Grupo Zeta y asesor de varias empresas de comunicacin. En los ltimos aos, ha alternado sus colaboraciones en prensa, radio y televisin con la literatura, habiendo obtenido varios premios en ambas labores, entre ellos el nacional de periodismo gastronmico \\\"lvaro Cunqueiro\\\" (2004), el de Novela Corta \\\"Ategua\\\" (2005) y el de periodismo social de la Comunidad Valenciana, \\\"Convivir\\\" (2006). Sus ltimos libros publicados han sido una compilacin de artculos de prensa, \\\"Espaa y otras impertinencias\\\" (2009), y otra de relatos cortos, \\\"Nada es lo que parece\\\" (2008). Es autor, tambin, entre otras obras, de la novela \\\"El ejecutivo\\\" (2006), de la que ya van publicadas tres ediciones, de \\\"Ir contra corriente\\\" (2007), \\\"Valencia, entre el cielo y el infierno\\\" (2008) y una antologa de semblanzas bajo el ttulo de \\\"Personajes de toda la vida\\\" (2007). Enlaces externos: Resea en \\\"Red mundial de escritores en espaol\\\" (Articuloz SC #3191547)
Fuente -
http://www.articuloz.com/ficcion-articulos/despertarse-sin-saber-donde-3191547.html
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